La espesa niebla no me dejaba ver con claridad andando hacia casa. Una luz verde parpadeaba a una distancia indeterminada, la humedad se infiltraba en mis pies y solo distinguía el lento paso de vehículos por el sonido. Un joven pasó a mi lado arrastrando los pies y el alma, con la cabeza y hombros desplomados. Cruzar la calle fue un acto heroico, confié en mi oído y en los conductores que debían parar en el semáforo.
Un minúsculo perro ladró detrás de mi, sin amainar el paso giré inútilmente la cabeza intentando verlo y tropecé cayendo sin remedio. Rodilla y muñeca doloridas, piel levantada en la palma de la mano , dolor en el orgullo. Mientras hacía repaso de mis heridas físicas y anímicas me levanté oyendo una hermosa voz femenina que me decía: "nadie antes se ha arrodillado ante mí, cenaré contigo si vemos una de Audrey".Regina Llavata i Salavert
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